Oráculo

El Manual de las Respuestas

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Respuesta:

9.- Érase una vez un joven príncipe que creía en todo, salvo en tres cosas. No creía en las princesas, no creía en las islas y no creía en Dios. Su padre, el rey, le había dicho que esas tres cosas no existían.
Como no había ni princesas, ni islas en los dominios de su padre, y ningún signo de Dios, el príncipe le creía a su padre.
Pero un día el príncipe se escapó de su palacio y llegó a otras tierras. Ahí, ante su asombro, vio islas desde la costa, y en estas islas vio a unas extrañas criaturas que no se atrevió a nombrar. Mientras buscaba un bote, se le aproximó un hombre con traje de etiqueta.
—¿Esas son islas verdaderas? —preguntó el joven príncipe.
—Por supuesto que son islas verdaderas —dijo el hombre con traje de etiqueta.
—¿Y esas extrañas criaturas?
—Son princesas auténticas y genuinas.
—Entonces, ¡Dios también debe existir! —exclamó el príncipe.
—Yo soy Dios —respondió el hombre con traje de etiqueta, haciendo una reverencia.
El joven príncipe regresó a casa lo más rápido que pudo.
—Veo que has regresado —dijo su padre, el rey.
—He visto islas, he visto princesas y he visto a Dios —dijo el príncipe en tono de reproche.
Pero el rey permaneció inmutable.
—No existen islas verdaderas, ni princesas verdaderas, ni Dios verdadero.
—¡Yo los vi!
—Dime cómo estaba vestido Dios.
—Dios estaba vestido con traje de etiqueta.
—¿Tenía las mangas de su traje arremangadas?
El príncipe recordó que efectivamente, el hombre llevaba las mangas de su traje arremangadas. El rey sonrió.
—Ese es el uniforme de un mago, hijo mío. Has sido engañado.
Ante esto, el príncipe regresó a esas tierras, y fue a la misma playa; donde nuevamente se encontró con el hombre.
—Mi padre, el rey, me ha dicho quién eres —dijo el príncipe indignado—. La última vez me engañaste, pero no lo harás nuevamente. Ahora sé que ésas no son islas verdaderas, ni princesas verdaderas porque tú eres un mago.
El hombre de la playa sonrió.
—Eres tú quien está engañado, muchacho. En el reino de tu padre hay muchas islas y muchas princesas. Pero tú estás bajo el hechizo de tu padre y no puedes verlas.
Pensativo, el joven regresó a casa. Al ver a su padre lo miró a los ojos.
—¿Padre, es cierto que tú no eres un verdadero rey, sino sólo un mago?
El rey sonriendo, respondió:
—Sí, hijo mío, soy sólo un mago.
—Entonces el hombre de la playa era Dios.
—El hombre de la playa era otro mago.
—Debo saber la verdad, la verdad más allá de la magia.
—No hay verdad más allá de la magia —respondió el rey.
Al príncipe lo invadió una gran tristeza y exclamó:
—Entonces, me voy a matar.
El rey, con su magia, hizo aparecer a la muerte. La muerte se detuvo en la puerta, llamando al príncipe. Entonces, éste se estremeció. Recordó las bellas, pero irreales islas y las irreales pero bellas princesas.
—Muy bien —dijo el príncipe—, creo que puedo aceptar que tú seas un mago.
—Ves, hijo mío —dijo el rey sonriendo —, también tú ya comienzas a ser mago.


John Fowles